Quan Modernisme i Cànnabis es donen la mà/Cuando Modernismo y Cannabis se dan la mano.

28 Mar

Quan Modernisme i Cànnabis es donen la mà.

Al carrer Ample de Barcelona, ben a prop de l’emblemàtic edifici de correus, s’hi troba una joia del Modernisme desconeguda per molts: el Palau Mornau.

L’edifici, original del segle XV, va ser reconvertit en Museu del Cànnabis i el Cànem per Ben Dronkers – fundador de la coneguda empresa de llavors de cànnabis Sensi Seeds i popular activista per a la legalització de la marihuana –. La restauració es va dur a terme respectant l’estructura i la decoració de la reforma que s’hi va fer a començaments del segle XX, combinant Modernisme amb treballs de marqueteria i vidrieria amb motius cànnabics. A més d’aquesta particular barreja tant ben aconseguida, el visitant disposa d’un recorregut de vuit sales de temàtica diversa relacionada amb la planta: des de l’ús lúdic, l’ús medicinal o el tecnològic, ja que del cànem se’n pot fer paper, cordes, roba, cosmètics o plàstics ecològics per a ús industrial. La mostra també explica la relació que ha tingut la planta amb diverses religions del món, inclosa la catòlica, i curiositats tals com que Colom ho hauria tingut complicat per arribar a Amèrica sense el cànem. Així ho indica la columna que s’alça al capdavall de les rambles on unes fulles de marihuana n’envolten el seu pilar.

La visita al Hash Marihuna & Hemp Museum et convida a replantejar-te perquè una planta amb possibilitats tan diverses a nivell ecològic, sustentable i medicinal continua estan prohibida.

Cuando Modernismo y Cannabis se dan la mano.

En el Carrer Ample de Barcelona, cerca del emblemático edificio de correos, se encuentra una joya del Modernismo desconocida por muchos: el Palacio Mornau.

El edificio, original del siglo XV, fue restaurado y reconvertido en museo del Cannabis y el Cáñamo por Ben Dronkers, fundador de la conocida empresa de semillas de cáñamo Sensi Seeds y popular activista para la legalización de la Marihuana. En su recuperación se respetó la estructura y la decoración de la reforma Modernista que se llevó a cabo a principios del siglo XX, combinando la arquitectura i la decoración Modernista con trabajos de marquetería y vidrieras con motivos canábicos. Además de esta particular mezcla tan lograda, el visitante dispone de un recorrido de ocho salas de temática diversa relacionadas con la planta: desde su uso lúdico, médico o tecnológico, ya que es una planta de la que se puede hacer papel, ropa, cosméticos, cuerdas e incluso plástico ecológico para uso industrial. La muestra también explica la relación que ha tenido la planta con algunas de las religiones del mundo, incluida la católica, y curiosidades como el hecho de que a Colón se le habría complicado llegar a América sin el cáñamo. Así lo indica la columna envuelta con unas hojas de marihuana que se levanta al final de las Ramblas.

La visita al Hash Marihuana & Hemp Museum invita a replantearte el por qué una planta con tantas posibilidades a nivel ecológico, sustentable y medicinal sigue estando prohibida.

 

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Colombia

20 Jul

Una de las cosas que más me llamó la atención al llegar a Colombia fue la cantidad de pechos grandes y traseros pomposos por metro cuadrado, ya fueran naturales o con añadido. Mis ojos no daban crédito al espectáculo de derroche de abundancias que paseaban por las calles de las poblaciones costeñas del mar del Caribe, exuberancias que se veían contrarrestadas por la escasez de ropajes que las cubrían. El calor pegajoso, los colores, la música constante, el baile y el buen humor de los costeños le daban una atmósfera “sabrosona” al ambiente que me hizo entender muchas cosas sobre los colombianos, su música, su literatura y sus artes.

En Medellín pude aprender un poco sobre la triste y penosa historia que el narcotráfico dejó entre sus habitantes. Según entendí, con su llegada se dio paso a una era política en que los ideales, fueran de izquierda como las FARC o de derecha como los Paramilitares, pasaron a un segundo término para reducirlo todo a un gran negocio que daba mucha plata dirigido por el “capo” Pablo Escobar.

El negocio de la droga no sólo sembró el terror entre los Paisas (habitantes de la zona de Madellín) y los Colombianos, también dejó una incontable oleada de muertos y un toque de queda en Medellín en el que a partir de las 5 pm. no se podía salir de casa. Mientras los niños crecían entre disparos, bombas y muerte los “narcos” se llenaban los bolsillos y al pueblo no le llegaba nada (300 viviendas es todo lo que le aportó la droga a Medellín).

Por suerte, la Colombia de ahora es otra, es la que lucha por superar ese pasado y al parecer le va bastante bien porque el turismo ha crecido muchísimo en los últimos años. Una parte de este turismo todavía viene atraído por el supuesto bajo coste de la droga y la prostitución (ésta última sobretodo en la zona costeña y la Amazonia. En la Amazonia Peruana y Brasileña tienen el mismo problema, son áreas más desprotegidas), pero la realidad es que Colombia tiene mucho más que ofrecer: unas playas bellísimas, unos paisajes asombrosas y un pueblo muy cálido.

Tampoco hay que pasar por alto que la historia de la droga de Colombia no es exclusiva de Colombia porque éste es el país que la vende pero es el exterior que la compra (en grandes cantidades en Europa y USA), igual que la mayoría de la explotación sexual es consumida por turistas extranjeros (hay una creciente alerta debido al consumo de prostitución con menores).

En un nivel más inofensivo aunque bastante lamentable a mi parecer, me enteré de que hay un tour que te lleva a almorzar y a jugar al “Paint-Ball” a las ruinas de la mansión de Pablo Escobar en Guatapé. Me pareció una desfachatez ir a jugar a “los narcos” a la casa del “capo” teniendo en cuenta lo sufrida y reciente que es esta historia para Colombia. Por supuesto, es un producto consumido solo por “gringos”, tal y como lo indican los folletos propagandísticos que están sólo en inglés. Me dio la impresión de que fruto de una serie de televisión (o de su interpretación) que se titula “Narcos” se tiende a convertir a la figura de Pablo Escobar en una súper estrella cuando, según tengo entendido, no hizo más que generar muerte, violaciones, violencia y abusos a su paso y cagarle la vida a los colombianos. Por suerte, el colombiano es un pueblo proactivo, alegre y simpático que sabe hacer borrón y cuenta nueva e intenta vivir con todo el esplendor y orgullo que desprende su tierra, sus rostros y la danza de sus cuerpos.

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Son ochenta días son.

30 Abr

Son ochenta días son y no he dado la vuelta al mundo pero me he paseado bien paseada por tres hermosos países.

Viajar sola, al menos por tanto tiempo, está siendo una experiencia novedosa y aunque no siempre es fácil, me está resultando muy gratificante.

Viajar de mochila y hostel es cansado. Yo, que siento el pesar de hacer y deshacer mi vida en períodos que suelen abarcar los tres años, tengo la sensación de que ahora estoy haciendo lo mismo pero con una frecuencia casi diaria: hago y deshago.

Por otro lado, viajar solo implica estar con uno mismo durante mucho tiempo, cosa a la que estoy más que acostumbrada y que hasta cierto punto me agrada con desmesura, pero al no existir la limitación de tiempo-espacio ni tener que estar en un lugar en particular, ni cumplir ni dar cuentas de nada a nadie provoca que la relación con uno mismo se torne mucho mas distendida y, como consecuencia, se tome mucha conciencia de uno y la pase muy bien consigo mismo. Yo y yo misma charlamos, respiramos, paseamos, nos relajamos y disfrutamos, disfrutamos mucho. No esperamos ni exigimos nada la una de la otra, sólo somos.

Viajando, uno encuentra mucha gente y aprende mucho de ella. Están los que sirven de mal ejemplo, los que te divierten e incluso alguno que admirar pero todos ellos, por mucho que gusten o no gusten, son pasajeros. Espero volver a ver a algunos de ellos y otros espero no tener que cruzármelos más pero sea como sea cada uno de ellos le aportó algo a mi viaje que, al fin y al cabo, hago sola.

Al viajar de esta manera uno se acaba conociendo muchísimo. A pesar de que no es un viaje “cómodo”,  el resultado de ir viendo lo que uno hace, donde uno llega y lo que uno consigue llena el espíritu y supongo que también complace al “ego”, que cada vez esta más tranquilo y muchos días ya ni tiene ganas de salir.

Así que ochenta días son y aunque ochenta más no me quedan, voy a tratar de disfrutar de la mejor manera los restantes de esta maravillosa experiencia.

“Cholitas”

19 Abr

Desde que me adentré en territorio boliviano que no he dejado de sentirme maravillada por la riqueza de sus paisajes y sus gentes. De las bellezas naturales que vi en el Parque Nacional Eduardo Avaroa pasé a contemplar el amanecer en la magnitud del Salar de Uyuni, y de ahí fui a Potosí.

Potosí es la ciudad más alta del mundo, se encuentra ubicada en las faldas del Cerro Rico. Es una ciudad empinada y sinuosa con una vida callejera muy plena y un bullicio constante de gente mezclada con olores de frutas, verduras, empanadas y carnes asadas. Desde mi apreciación se podría decir que la población en Potosí es 100% autóctona, es decir, indígena, los pocos que “cantábamos como una almeja” éramos turistas y, para mi suerte, en Potosí no había muchos, o al menos no se veía muchos.

Durante mis días en Bolivia he oído decir varias cosas a nacionales y sobretodo a extranjeros sobre las “cholitas”, que se podrían definir como las señoras tradicionales bolivianas (yo por mi parte, las llamo “las señoras de las trenzas” por la extensa cabellera trenzada que lucen todas ellas), aunque el nombre también se extiende a los varones indígenas. Entre los adjetivos me han llegado: cabezotas, maleducados, antipáticos, rudos, lentos, …

Es cierto que la rapidez no es uno de los fuertes de la mayoría de la población boliviana pero si uno se para a pensarlo: ¿No sería mejor para todos vivir con menos prisas y ansiedades?, además soy de las que piensa que cuando se va a un país uno tiene que adaptarse al país, no puede esperar que el país se adapte a uno.

En lo que a las señoras “cholitas” se refiere, y basándome en mi propia experiencia, creo que mas que antipáticas son tímidas. A su vez deben experimentar cierto rechazo cuando los turistas les sacan fotos como si fueran “monitos”. También cabe decir que a la hora de vender se cargan las timideces a la espalda y disparan proyectiles de mercancías a destajo.

Como son gente que a mi me inspiran confianza me acerqué a hablar con unas cuantas, a excepción de una que me giró la cara con las demás conversé animadamente. Se dan un par o tres de frases “para ver que onda” y después no hay quien las detenga. Una de ellas incluso me acompaño hasta la plaza en Sucre porque yo andaba bien perdida. Lo de que anduviera viajando sola por el mundo no lo acabó de entender, pero quien la puede culpar.

Con los hombres no he interactuado tanto pero en Potosí, estando yo charlando con un francés y un polaco, se acercó un señor bastante ebrio. Para nuestra pena y sorpresa nos soltó la descabellada frase de “que suerte tienen ustedes de ser tan lindos, no como nosotros”, haciendo hincapié en la lindura del polaco rubio de ojos celestes (que el tipo era un amor, pero a mi parecer tenía cara del malo de las pelis de James Bond). Nos quedamos perplejos ante tal comentario.

Después fuimos a tomar unas cervezas y en la televisión daban un programa tipo “Operación Triunfo”. Puesto que presentadores, concursantes e incluso público eran más blancos que el azúcar refinado dedujimos que debía ser un programa de Colombia u otro país cercano pero preguntamos y no, ¡era el boliviano! No dábamos crédito porque no representaba en absoluto a la mayoría de ciudadanos bolivianos. Los comerciales que cortaron el show más de lo mismo: blancos, rubios, altos… dejando patente que impera el modelo occidental blanco e ignorando el magnético poder de la belleza de su población, con sus aguerridos cuerpos adaptados a todo tipo de inclemencias climáticas (donde los otros enfermamos), sus largas y fuertes cabelleras (entre los autóctonos la alopecia no es un problema) y sus rostros agudos y sabios.

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Santiago y la montaña

16 Mar

Santiago es una ciudad que vive a los pies de la cordillera. La urbe empieza en la falda de la montaña y se estira a largo y ancho de la ladera con la misma geografía de una tabla de planchar.

Es una ciudad atípica a mi parecer porque fruto de mi experiencia y modesto conocimiento sobre las ciudades del mundo, por lo general la vista alcanza a ver ciudad, edificios y más ciudad y aquí se ve ciudad, edificios, cerro y cordillera.

Con lo de “se ve” estoy siendo generosa ya que Santiago tiene la particularidad de que la monstruosa cordillera – monstruosa por grande, no por fea – aparece cuando se le canta. A pesar de sus majestuosas dimensiones, la montaña se muestra y desaparece al mirón tal y como ella lo desea. Juega al escondite tomándole el pelo al visitante y al habitante.

Por la noche deja de existir mientras que a la mañana muestra su silueta insinuándose con sutileza para atraer, sin tener que exhibirse demasiado. Al atardecer, si se siente juguetona, enseña un poco más de sus curvas, y si tiene el día libidinoso se muestra descarada y se abre ante Santiago, sin tapujos.

Sea como sea, ella siempre deja bien claro que es una mujer digna de admirar.

Un mes

14 Mar

20160308_144150Hace poco más de un mes que partí de mi querida Buenos Aires para emprender mi viaje. Si lo paro a pensar me digo: ¿Sólo un mes? La sensación es de que hiciera mucho más. Tantas son las cosas que han pasado y tanta la gente que he conocido que me cuesta creer que hace tan poco tiempo.

Miro mis piernas que delatan el paso de los días: bronceadas, llenas de rasguños, moretones y golpes de caminar por aquí y bajar por allá, añadidas a las secuelas del poquito de torpeza de siempre.

Me doy cuenta de que los días se encuadran en una dimensión de tiempo y espacio diferentes. Lo mismo pasa con las relaciones. Personas que conoces de un día, o dos, o tres, pasan a ser compañeros inseparables. En este tipo de encuentros un día se torna una semana, el segundo ya parece que te conozcas desde hace un mes y el tercero de toda una vida. A estos amigos cuesta dejarlos, ya me ha pasado varias veces. Quizás la más sentida, exceptuando la partida de Buenos Aires, fue la despedida con los amigos de San Martín, aunque no fue la única.

En el viaje se dan altibajos emocionales fuertes, forman parte del camino. Todo parece tener más intensidad y más fuerza, tanto lo positivo como lo negativo. Viajar solo no es fácil, hay que estar muy atento e intentar apegarse lo menos posible a los lugares y a las personas porque sino nunca avanzarías.

Lo que sí te da el viaje es una gran sensación de libertad, es muy sanador: limpia las suciedades que acumula la cotidianidad. Poder caminar por lugares como las montañas de la zona de lo siete lagos o cruzar los Andes para ir de Argentina a Chile, generan una energía que entra dentro de uno para no abandonarle nunca más.

El viaje de la vida cada uno lo vive como quiere pero yo no podría sentirme más afortunada de haber podido emprender este viaje dentro de mi viaje de la vida, y espero que el viaje siga, siempre con la misma intensidad.

El tren

30 Nov

Me gusta sentarme en el balcón de mi casa y ver los colectivos pasar.

Es una afición que adquirí el verano pasado en el transcurso de mis cenas estivales a la fresca. Desconocía que tal afición pudiera llegar a despertarme interés pero la vuelta del verano me ha remitido a ese pequeño vicio sin aparentes daños colaterales.

Desde allí tengo una nítida y cercana panorámica de la vía del tren que tiene un recorrido paralelo al de mi calle. De hecho, entre mi edificio y la vía del tren sólo existe la separación de mi calle, con su florido boulevard – o aliviador pluvial natural parquizado, según los carteles – seguido de una casa de una planta y la vía. Al tramo de los raíles del tren, lo cruza una calle perpendicular que es por la que transitan los colectivos que me dedico a observar. Son varias líneas que atraviesan el paso a nivel e irrumpen con su pasar mi cotidianidad del balcón.

A veces, mientras los observo, no puedo evitar que en mi cabeza se cruce el pensamiento de que cuando yo los espero en la parada no pasan nunca con tanta frecuencia.

Cada colectivo tiene sus colores y sus luces – me gusta mirarlos de noche, de día y sin luces es aburrido –. Los más festivos son los de la línea 71 en que las combinaciones de su iluminación y decoración interior incitan a la nocturnidad y al desenfreno.

Además de observar los colectivos también me gusta ver los trenes pasar. Mi afición hacia los trenes, que no hacia los colectivos, no se remite solo al balcón. La mayoría de noches bajo una parada de colectivo antes – el tramo de más que camino es casi imperceptible – para cruzar las vías. A menudo llego cuando se están bajando las barreras. Lejos de impacientarme o de pasar corriendo, tenga hambre o sed, espero con calma y disfruto viendo la máquina pasar con toda su fuerza. Sin duda, un espectáculo visual y sonoro digno de ver.

A veces, en esa calma espera, también se generan situaciones de acción con un componente de peligrosidad cuando los intrépidos transeúntes cruzan cuando la barrera ya está bajada, la alarma disparada y el sonido del tren lo suficientemente cerca.

Hay un señor que trabaja en una caseta que se encuentra en el paso a nivel, pegada a la vía del tren. Cuando la barrera baja, él sale y afrenta a los que intentan cruzar con señas de prohibición. Después saca una bandera verde que vapulea al viento como el torero azota su capote, pero sin final trágico. Así le muestra al maquinista que tiene vía libre.

A veces también observo las paredes colindantes, lienzo de artistas grafiteros, cabe decir que no demasiado buenos pero que le aportan familiaridad a la llegada y el mensaje subconsciente de que lo que queda de aquel día no es más que la tranquilidad de la cena y el descanso de la noche.

Las bicicletas, motocicletas y los autos, no me interesan.

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