Archivo | noviembre, 2014

Lo que te hace grande

14 Nov

Así es un día en el mundo: despiertas, cansada pero contenta. Ayer llegaron tus padres, vinieron a verte, a 14.000 kilómetros de su casa, de la tuya. Te arrastras hasta la ducha. El agua sale fría… bueno, se irá el sueño. Sales despierta, ves tu casa, es hermosa. Piensas que quieres agarrar la puerta para que nadie te la quite. Costó, costó mucho tenerla, pero es tuya. Te vistes, te posicionas en el subte. Es una estrategia que se aprende a base de viajar: si me colocó aquí, entre pierna y pierna del que está sentado corro menos riesgo de avalancha y de sobacos malolientes mañaneros. Me relajo y saco mi libro, escrito en catalán, porque incluso lo propio se olvida y, cada tanto, se tiene que refrescar.

Llego, salgo, camino diez cuadras con mi música: La Pegatina, porque es familia, porque son amigos, porque me alegran mi paseo matutino, porque huele a amigos, porque suena cercano.

Llego al trabajo. Entro en mi oficina y cuelgo las fotos de mis sobrinas, porque son las “nenas”, porque es familia, porque huelen como mi hermana, porque así me siento más cerca de casa.

Tomo mi café de la máquina y mi desayuno a base de pan, queso y frutas que cada mañana empaqueto religiosamente y como en cuanto llego. Trabajo, a ratos me siento distraída. Miro mi oficina. Me agarro a mi mesa. Tampoco quiero que nadie me quite esto, también costó. Mi compañero, por lo general bastante arisco, se acerca para preguntarme cómo fue la llegada de mis padres. Sorprendida, le cuento. Le muestro mis sobrinas, mi pueblo, le cuento todo lo que me trajeron los reyes magos, que a esta altura ya sé que son los padres y vinieron muy cargados. La navidad llegó antes. A la hora del almuerzo todos hablan de las vacaciones. Hace calor, sigo sin acostumbrarme a que en este hemisferio hace calor por navidad. Para mí, estamos en julio pero parece que en el mundo es noviembre.

Mi jefe y mentor en Argentina se deja caer por la oficina. Siempre se alegra tanto de verme. Le regalo un brandy Lepanto, como la batalla, pero esto no es la guerra, es la paz.

Me llaman, mucho. No me gusta lo del teléfono. Las líneas no andan pero si son mis pilares en Argentina los que me llaman, todo es diferente.

Por la tarde, la mujer de la oficina de al lado me molesta, siempre lo hace. Grita demasiado, habla demasiado por teléfono y cuenta demasiado. Hoy la reto: la pared que está entre nosotras es como si no estuviera, le digo. Tantas paredes que siempre nos queremos sacar de encima y esta desearía ponerla. Es orgullosa, me reta, pero se da cuenta de que sé demasiado: con quien habla, con quien no, con quien sale a bailar, qué le cuenta a sus nietos, donde va de vacaciones, todas las pruebas médicas que se tiene que hacer. Al final cede. Sé demasiado.

Voy a mi casa. Metro, de nuevo. Sudores y ciertas amabilidades más un piropo de los “no desagradables”: El vendedor de la boletería me dice que cargar 100 pesos es demasiado porque entonces tardaré muchos días en volver. Sonrío.

Llego a casa. Es hermosa. Huele a mí. Huele a mi familia argentina, huele a mi familia catalana. Huele a paz.

Me ducho…agua fría… voy a ver Vetusta Morla, que siempre me gustaron porque se llaman como la tortuga vieja de la Historia Interminable, Historia sin Fin en Argentina.

Llego al Vorterix, me reúno con Barbie, la llaman como a la muñeca. Bailamos, cantamos: Los días raros, la deriva, sálvese quien pueda. Establezco muchos paralelismo en mi mente.

Pienso. Recuerdo que llegué a Argentina hace más de un año y medio. Recuerdo que Vetusta Morla tocó esa semana pero me enteré tarde.

La paso bien.

Pienso en mi tiempo en Argentina, en todos los que dejé que me quieren y quiero, y en todos los que he conocido y me quieren y quiero.

Llego a mi casa y me siento en mi balcón. Hay chicos jugando al fútbol. Pienso que quizás son lindos, quizás no lo son. Creo que eso es algo que deberá esperar.

Entiendo que es lo que me hace grade y entiendo cómo y porqué.

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