El tren

30 Nov

Me gusta sentarme en el balcón de mi casa y ver los colectivos pasar.

Es una afición que adquirí el verano pasado en el transcurso de mis cenas estivales a la fresca. Desconocía que tal afición pudiera llegar a despertarme interés pero la vuelta del verano me ha remitido a ese pequeño vicio sin aparentes daños colaterales.

Desde allí tengo una nítida y cercana panorámica de la vía del tren que tiene un recorrido paralelo al de mi calle. De hecho, entre mi edificio y la vía del tren sólo existe la separación de mi calle, con su florido boulevard – o aliviador pluvial natural parquizado, según los carteles – seguido de una casa de una planta y la vía. Al tramo de los raíles del tren, lo cruza una calle perpendicular que es por la que transitan los colectivos que me dedico a observar. Son varias líneas que atraviesan el paso a nivel e irrumpen con su pasar mi cotidianidad del balcón.

A veces, mientras los observo, no puedo evitar que en mi cabeza se cruce el pensamiento de que cuando yo los espero en la parada no pasan nunca con tanta frecuencia.

Cada colectivo tiene sus colores y sus luces – me gusta mirarlos de noche, de día y sin luces es aburrido –. Los más festivos son los de la línea 71 en que las combinaciones de su iluminación y decoración interior incitan a la nocturnidad y al desenfreno.

Además de observar los colectivos también me gusta ver los trenes pasar. Mi afición hacia los trenes, que no hacia los colectivos, no se remite solo al balcón. La mayoría de noches bajo una parada de colectivo antes – el tramo de más que camino es casi imperceptible – para cruzar las vías. A menudo llego cuando se están bajando las barreras. Lejos de impacientarme o de pasar corriendo, tenga hambre o sed, espero con calma y disfruto viendo la máquina pasar con toda su fuerza. Sin duda, un espectáculo visual y sonoro digno de ver.

A veces, en esa calma espera, también se generan situaciones de acción con un componente de peligrosidad cuando los intrépidos transeúntes cruzan cuando la barrera ya está bajada, la alarma disparada y el sonido del tren lo suficientemente cerca.

Hay un señor que trabaja en una caseta que se encuentra en el paso a nivel, pegada a la vía del tren. Cuando la barrera baja, él sale y afrenta a los que intentan cruzar con señas de prohibición. Después saca una bandera verde que vapulea al viento como el torero azota su capote, pero sin final trágico. Así le muestra al maquinista que tiene vía libre.

A veces también observo las paredes colindantes, lienzo de artistas grafiteros, cabe decir que no demasiado buenos pero que le aportan familiaridad a la llegada y el mensaje subconsciente de que lo que queda de aquel día no es más que la tranquilidad de la cena y el descanso de la noche.

Las bicicletas, motocicletas y los autos, no me interesan.

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