Archivo | marzo, 2016

Santiago y la montaña

16 Mar

Santiago es una ciudad que vive a los pies de la cordillera. La urbe empieza en la falda de la montaña y se estira a largo y ancho de la ladera con la misma geografía de una tabla de planchar.

Es una ciudad atípica a mi parecer ya que  fruto de la experiencia y modesto conocimiento que tengo sobre las ciudades del mundo, por lo general la vista alcanza a ver ciudad, edificios y más ciudad y aquí se ve ciudad, edificios, cerro y cordillera.

Con lo de “se ve” estoy siendo generosa ya que Santiago tiene la particularidad de que la monstruosa cordillera – monstruosa por grande, no por fea – aparece cuando se le canta. A pesar de sus majestuosas dimensiones, la montaña se muestra y desaparece al mirón tal y como ella lo desea. Juega al escondite tomándole el pelo al visitante y al habitante.

Por la noche deja de existir mientras que a la mañana muestra su silueta insinuándose con sutileza para atraer, sin tener que exhibirse demasiado. Al atardecer, si se siente juguetona, enseña un poco más de sus curvas, y si tiene el día libidinoso se muestra descarada y se abre ante Santiago, sin tapujos.

Sea como sea, ella siempre deja bien claro que es una mujer digna de admirar.

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Un mes

14 Mar

20160308_144150Hace poco más de un mes que partí de mi querida Buenos Aires para emprender mi viaje. Si lo paro a pensar me digo: ¿Sólo un mes? La sensación es de que hiciera mucho más. Tantas son las cosas que han pasado y tanta la gente que he conocido que me cuesta creer que hace tan poco tiempo.

Miro mis piernas que delatan el paso de los días: bronceadas, llenas de rasguños, moretones y golpes de caminar por aquí y bajar por allá, añadidas a las secuelas del poquito de torpeza de siempre.

Me doy cuenta de que los días se encuadran en una dimensión de tiempo y espacio diferentes. Lo mismo pasa con las relaciones. Personas que conoces de un día, o dos, o tres, pasan a ser compañeros inseparables. En este tipo de encuentros un día se torna una semana, el segundo ya parece que te conozcas desde hace un mes y el tercero de toda una vida. A estos amigos cuesta dejarlos, ya me ha pasado varias veces. Quizás la más sentida, exceptuando la partida de Buenos Aires, fue la despedida con los amigos de San Martín, aunque no fue la única.

En el viaje se dan altibajos emocionales fuertes, forman parte del camino. Todo parece tener más intensidad y más fuerza, tanto lo positivo como lo negativo. Viajar solo no es fácil, hay que estar muy atento e intentar apegarse lo menos posible a los lugares y a las personas, porque sino nunca avanzarías.

Lo que sí te da el viaje es una gran sensación de libertad, es muy sanador: limpia las suciedades que acumula la cotidianidad. Poder caminar por lugares como las montañas de la zona de lo siete lagos o cruzar los Andes para ir de Argentina a Chile, genera una energía que entra dentro de uno para no abandonarlo nunca más.

El viaje de la vida cada uno lo vive como quiere pero yo no podría sentirme más afortunada de haber podido emprender este viaje dentro de mi viaje de vida, y espero que el viaje siga, siempre con la misma intensidad.

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