Archivo | abril, 2016

Son ochenta días son.

30 Abr

Son ochenta días son y no he dado la vuelta al mundo pero me he paseado bien paseada por tres hermosos países.

Viajar sola, al menos por tanto tiempo, está siendo una experiencia novedosa y aunque no siempre es fácil, me está resultando muy gratificante.

Viajar de mochila y hostel es cansado. Yo, que siento el pesar de hacer y deshacer mi vida en períodos que suelen abarcar los tres años, tengo la sensación de que ahora estoy haciendo lo mismo pero con una frecuencia casi diaria: hago y deshago.

Por otro lado, viajar solo implica estar con uno mismo durante mucho tiempo, cosa a la que estoy más que acostumbrada y que hasta cierto punto me agrada con desmesura, pero al no existir la limitación de tiempo-espacio ni tener que estar en un lugar en particular, ni cumplir ni dar cuentas de nada a nadie provoca que la relación con uno mismo se torne mucho mas distendida y, como consecuencia, se tome mucha conciencia de uno y la pase muy bien consigo mismo. Yo y yo misma charlamos, respiramos, paseamos, nos relajamos y disfrutamos, disfrutamos mucho. No esperamos ni exigimos nada la una de la otra, sólo somos.

Viajando, uno encuentra mucha gente y aprende mucho de ella. Están los que sirven de mal ejemplo, los que te divierten e incluso alguno que admirar pero todos ellos, por mucho que gusten o no gusten, son pasajeros. Espero volver a ver a algunos de ellos y otros espero no tener que cruzármelos más pero sea como sea cada uno de ellos le aportó algo a mi viaje que, al fin y al cabo, hago sola.

Al viajar de esta manera uno se acaba conociendo muchísimo. A pesar de que no es un viaje “cómodo”,  el resultado de ir viendo lo que uno hace, donde uno llega y lo que uno consigue llena el espíritu y supongo que también complace al “ego”, que cada vez esta más tranquilo y muchos días ya ni tiene ganas de salir.

Así que ochenta días son y aunque ochenta más no me quedan, voy a tratar de disfrutar de la mejor manera los restantes de esta maravillosa experiencia.

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“Cholitas”

19 Abr

Desde que me adentré en territorio boliviano que no he dejado de sentirme maravillada por la riqueza de sus paisajes y sus gentes. De las bellezas naturales que vi en el Parque Nacional Eduardo Avaroa pasé a contemplar el amanecer en la magnitud del Salar de Uyuni, y de ahí fui a Potosí.

Potosí es la ciudad más alta del mundo. Se encuentra ubicada en las faldas del Cerro Rico. Es una ciudad empinada y sinuosa con una vida callejera muy plena y un bullicio constante de gente mezclada con olores de frutas, verduras, empanadas y carnes asadas. Desde mi apreciación se podría decir que la población en Potosí es 100% autóctona, es decir, indígena. Los pocos que “cantábamos como una almeja” éramos turistas y, para mi suerte, en Potosí no había muchos, o al menos no se veían muchos.

Durante mis días en Bolivia he oído decir varias cosas a nacionales y sobretodo a extranjeros sobre las “cholitas”, que se podrían definir como las señoras tradicionales bolivianas (yo por mi parte, las llamo “las señoras de las trenzas” por la extensa cabellera trenzada que lucen todas ellas), aunque el nombre también se extiende a los varones indígenas. Entre los adjetivos me han llegado: cabezotas, maleducados, antipáticos, rudos, lentos…

Es cierto que la rapidez no es uno de los fuertes de la mayoría de la población boliviana pero si uno se para a pensarlo: ¿No sería mejor para todos vivir con menos prisas y ansiedades? Además soy de las que piensa que cuando se va a un país uno tiene que adaptarse al país, no puede esperar que el país se adapte a uno.

En lo que a las señoras “cholitas” se refiere, y basándome en mi propia experiencia, creo que más que antipáticas son tímidas. A su vez deben experimentar cierto rechazo cuando los turistas les sacan fotos como si fueran “monitos”. También cabe decir que a la hora de vender se cargan las timideces a la espalda y disparan proyectiles de mercancías a destajo.

Como son gente que a mi me inspiran confianza me acerqué a hablar con unas cuantas, a excepción de una que me giró la cara con las demás conversé animadamente. Se dan un par o tres de frases “para ver qué onda” y después no hay quien las detenga. Una de ellas incluso me acompaño hasta la plaza en Sucre porque yo andaba bien perdida. Lo de que anduviera viajando sola por el mundo no lo acabó de entender, pero quien la puede culpar.

Con los hombres no he interactuado tanto pero en Potosí, estando yo charlando con un francés y un polaco, se acercó un señor bastante ebrio. Para nuestra pena y sorpresa nos soltó la descabellada frase de “que suerte tienen ustedes de ser tan lindos, no como nosotros”, haciendo hincapié en la lindura del polaco rubio de ojos celestes (que el tipo era un amor, pero a mi parecer tenía cara del malo de las pelis de James Bond). Nos quedamos perplejos ante tal comentario.

Después fuimos a tomar unas cervezas y en la televisión daban un programa tipo “Operación Triunfo”. Puesto que presentadores, concursantes e incluso público eran más blancos que el azúcar refinado dedujimos que debía ser un programa de Colombia u otro país cercano pero preguntamos y no, ¡era el boliviano! No dábamos crédito porque no representaba en absoluto a la mayoría de ciudadanos bolivianos. Los comerciales que cortaron el show más de lo mismo: blancos, rubios, altos… dejando patente que impera el modelo occidental blanco e ignorando el magnético poder de la belleza de su población, con sus aguerridos cuerpos adaptados a todo tipo de inclemencias climáticas (donde los otros enfermamos), sus largas y fuertes cabelleras (entre los autóctonos la alopecia no es un problema) y sus rostros agudos y sabios.

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