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Son ochenta días son.

30 Abr

Son ochenta días son y no he dado la vuelta al mundo pero me he paseado bien paseada por tres hermosos países.

Viajar sola, al menos por tanto tiempo, está siendo una experiencia novedosa y aunque no siempre es fácil, me está resultando muy gratificante.

Viajar de mochila y hostel es cansado. Yo, que siento el pesar de hacer y deshacer mi vida en períodos que suelen abarcar los tres años, tengo la sensación de que ahora estoy haciendo lo mismo pero con una frecuencia casi diaria: hago y deshago.

Por otro lado, viajar solo implica estar con uno mismo durante mucho tiempo, cosa a la que estoy más que acostumbrada y que hasta cierto punto me agrada con desmesura, pero al no existir la limitación de tiempo-espacio ni tener que estar en un lugar en particular, ni cumplir ni dar cuentas de nada a nadie provoca que la relación con uno mismo se torne mucho mas distendida y, como consecuencia, se tome mucha conciencia de uno y la pase muy bien consigo mismo. Yo y yo misma charlamos, respiramos, paseamos, nos relajamos y disfrutamos, disfrutamos mucho. No esperamos ni exigimos nada la una de la otra, sólo somos.

Viajando, uno encuentra mucha gente y aprende mucho de ella. Están los que sirven de mal ejemplo, los que te divierten e incluso alguno que admirar pero todos ellos, por mucho que gusten o no gusten, son pasajeros. Espero volver a ver a algunos de ellos y otros espero no tener que cruzármelos más pero sea como sea cada uno de ellos le aportó algo a mi viaje que, al fin y al cabo, hago sola.

Al viajar de esta manera uno se acaba conociendo muchísimo. A pesar de que no es un viaje “cómodo”,  el resultado de ir viendo lo que uno hace, donde uno llega y lo que uno consigue llena el espíritu y supongo que también complace al “ego”, que cada vez esta más tranquilo y muchos días ya ni tiene ganas de salir.

Así que ochenta días son y aunque ochenta más no me quedan, voy a tratar de disfrutar de la mejor manera los restantes de esta maravillosa experiencia.

El tren

30 Nov

Me gusta sentarme en el balcón de mi casa y ver los colectivos pasar.

Es una afición que adquirí el verano pasado en el transcurso de mis cenas estivales a la fresca. Desconocía que tal afición pudiera llegar a despertarme interés pero la vuelta del verano me ha remitido a ese pequeño vicio sin aparentes daños colaterales.

Desde allí tengo una nítida y cercana panorámica de la vía del tren que tiene un recorrido paralelo al de mi calle. De hecho, entre mi edificio y la vía del tren sólo existe la separación de mi calle, con su florido boulevard – o aliviador pluvial natural parquizado, según los carteles – seguido de una casa de una planta y la vía. Al tramo de los raíles del tren, lo cruza una calle perpendicular que es por la que transitan los colectivos que me dedico a observar. Son varias líneas que atraviesan el paso a nivel e irrumpen con su pasar mi cotidianidad del balcón.

A veces, mientras los observo, no puedo evitar que en mi cabeza se cruce el pensamiento de que cuando yo los espero en la parada no pasan nunca con tanta frecuencia.

Cada colectivo tiene sus colores y sus luces – me gusta mirarlos de noche, de día y sin luces es aburrido –. Los más festivos son los de la línea 71 en que las combinaciones de su iluminación y decoración interior incitan a la nocturnidad y al desenfreno.

Además de observar los colectivos también me gusta ver los trenes pasar. Mi afición hacia los trenes, que no hacia los colectivos, no se remite solo al balcón. La mayoría de noches bajo una parada de colectivo antes – el tramo de más que camino es casi imperceptible – para cruzar las vías. A menudo llego cuando se están bajando las barreras. Lejos de impacientarme o de pasar corriendo, tenga hambre o sed, espero con calma y disfruto viendo la máquina pasar con toda su fuerza. Sin duda, un espectáculo visual y sonoro digno de ver.

A veces, en esa calma espera, también se generan situaciones de acción con un componente de peligrosidad cuando los intrépidos transeúntes cruzan cuando la barrera ya está bajada, la alarma disparada y el sonido del tren lo suficientemente cerca.

Hay un señor que trabaja en una caseta que se encuentra en el paso a nivel, pegada a la vía del tren. Cuando la barrera baja, él sale y afrenta a los que intentan cruzar con señas de prohibición. Después saca una bandera verde que vapulea al viento como el torero azota su capote, pero sin final trágico. Así le muestra al maquinista que tiene vía libre.

A veces también observo las paredes colindantes, lienzo de artistas grafiteros, cabe decir que no demasiado buenos pero que le aportan familiaridad a la llegada y el mensaje subconsciente de que lo que queda de aquel día no es más que la tranquilidad de la cena y el descanso de la noche.

Las bicicletas, motocicletas y los autos, no me interesan.

La inmensidad de la soledad

3 Jun

No hay mejor regalo que puede hacerse un mismo que un viaje. Para llevarlo a cabo no siempre es necesario viajar ya que hay viajes instrospectivos, viajes espirituales, viajes de amistad, viajes de relaciones… aun así muchas veces el hecho de desplazarse ayuda, y en otras es absolutamente necesario.

He tenido la suerte de viajar al norte durante unos días, por segunda vez en poco tiempo, y considero que en mi caso era imprescindible viajar físicamente para alejarme un poquito de la jungla de asfalto.

Ambos viajes los he hecho sola, aunque han sido bastante escasos los momentos en que mi única compañía era yo misma; la ruta está llena de viajeros que, viajen solos o no, esperan nutrirse de las experiencias ajenas para poder viajar incluso un poquito más dentro de su propio viaje.

En uno de mis momentos de libertad impremeditada decidí subir a un mirador desde el cual se ofrece una bella panorámica de Purmamarca. En mi anterior viaje ascendí hasta el mismo pero no me aventuré a pasar del primer nivel de visión. Desde allí, con uno de mis compañeros de ruta, comprendimos como las montañas abrazaban el pueblito y lo aislaban entre sus extremidades. Mientras mi mente se maravillaba entendiendo tan magnífico espectáculo, mi “padrineta” se aventuraba en otro viaje: el eterno.

Esta segunda vez subí hasta el mismo mirador. Una parejita de franceses que se alojaban en mi hostel, holgazaneaban al sol. Decidí seguir caminando por un diminuto camino que bordeaba la montaña, acercándome cada vez más a su cima. No era una montaña alta pero la sensación que me producía la cercanía con la montaña de al lado me frenaba un poco. Siempre me impresiona estar cerca de cosas grandes como los transatlánticos, los rascacielos, las presas, las estatuas colosales o las montañas grandes. Ante ellas uno siente una mezcla entre estupor, respeto y complejo de insignificancia. Aun así, seguí el camino, mirándome de reojo a la montaña vecina con desconfianza.

En la cima de mi montaña había un caminito estrecho que la cruzaba. Por los lados la montaña caía destripada por el efecto de la erosión, como si la hubieran tallado con un cincel. Seguí el camino hasta encontrar una zona un poco más amplia donde me pude sentar un rato. Sin duda ese fue uno de los momentazos del año… tal es la añoranza que se vive en una gran ciudad de poder estar solo de verdad.

En las grandes urbes muchas personas se sienten solas pero la soledad real, o al menos la física, es relativa. Hay gente por todos lados, incluso en la propia casa se oyen los vecinos, se escuchan las conversaciones del rellano… Uno nunca puede estar solo de verdad, nunca puede gritar sin ser oído; pero allí, en la magnitud de la inmensidad encontré la grandeza de la soledad y la disfruté, la respiré y me nutrí de su paz.

En la vida hay momentos felices que llegan inesperadamente y que uno retiene en su memoria como joyas sagradas que deben ser conservadas como reliquias. Momentos más felices, donde se toca la cima, donde uno se embriaga con sus propias capacidades y vive hasta sus límites amplificando el alcance de sus sentidos. Ese fue uno de esos momentos y en este caso, he decidido que además de guardarlo en mi memoria, también lo guardaría por escrito.

Lo que te hace grande

14 Nov

Así es un día en el mundo: despiertas, cansada pero contenta. Ayer llegaron tus padres, vinieron a verte, a 14.000 kilómetros de su casa, de la tuya. Te arrastras hasta la ducha. El agua sale fría… bueno, se irá el sueño. Sales despierta, ves tu casa, es hermosa. Piensas que quieres agarrar la puerta para que nadie te la quite. Costó, costó mucho tenerla pero es tuya. Te vistes, te posicionas en el subte. Es una estrategia que se aprende a base de viajar: si me colocó aquí, entre pierna y pierna del que está sentado corro menos riesgo de avalancha y de sobacos malolientes mañaneros. Me posiciono y saco mi libro, escrito en catalán, porque incluso lo propio se olvida y, cada tanto, se tiene que refrescar.

Llego, salgo, camino diez cuadras con mi música: La Pegatina, porque es familia, porque son amigos, porque me alegran mi paseo matutino, porque huelo a Omar, porque huele a amigos, porque suena cercano.

Llego al trabajo. Entro en mi oficina y cuelgo las fotos de mis sobrinas porque son las “nenas”, porque es familia, porque huelen como mi hermana, porque así me siento más cerca de casa.

Tomo mi café de la máquina y mi desayuno a base de pan, queso y frutas que cada mañana empaqueto religiosamente y como en cuanto llego. Trabajo, a ratos me siento distraída. Miro mi oficina. Me agarro a mi mesa. Tampoco quiero que nadie me quite esto, también costó. Mi compañero, por lo general bastante arisco, se acerca para preguntarme como fue la llegada de mis padres. Sorprendida, le cuento. Le muestro a mis sobrinas, a mi pueblo, le cuento todo lo que me trajeron los reyes magos, que a esta altura ya sé que son los padres y vinieron muy cargados. La navidad llegó antes. A la hora del almuerzo todos hablan de la navidad, de las vacaciones. Hace calor, sigo sin acostumbrarme a que en el este hemisferio hace calor por navidad. Para mí, estamos en julio pero parece que en el mundo es noviembre.

Mi jefe y mentor en Argentina se deja caer por la oficina. Siempre se alegra tanto de verme como yo me alegro de verlo a él. Le regalo un brandy Lepanto, como la batalla, pero esto no es la guerra, es la paz.

Me llaman, mucho. No me gusta tanto lo del teléfono. Las líneas no andan pero si son mis pilares en Argentina los que me llaman, todo es diferente.

Por la tarde, la mujer de la oficina de al lado me molesta, siempre lo hace. Grita demasiado, habla demasiado por teléfono y cuenta demasiado. Hoy la reto: la pared que está entre nosotras es como si no estuviera, le digo. Tantas paredes que siempre nos queremos sacar de encima y esta desearía ponerla. Es orgullosa, me reta, pero se da cuenta de que sé demasiado: con quien se habla, con quien no, con quien sale a bailar, qué le cuenta a sus nietos, donde va de vacaciones, todas las pruebas médicas que se tiene que hacer. Al final cede. Sé demasiado.

Voy a mi casa. Metro, de nuevo. Sudores y ciertas amabilidades más un piropo de regalo. El vendedor de la boletería me dice que cargar 100 pesos es demasiado porque entonces tardaré muchos días en volver. Sonrío.

Llego a casa. Es hermosa. Huele a mí. Huele a mi familia argentina, huele a mi familia catalana. Huele a paz.

Me ducho…agua fría… voy a ver Vetusta Morla que siempre me gustaron porque se llaman como la tortuga vieja de la Historia Interminable, Historia sin Fin en Argentina.

Llego al Vorterix, me reúno con Barbie, la llaman como a la muñeca. Bailamos, cantamos: Los días raros, la deriva, sálvese quien pueda. Establezco muchos paralelismo en mi mente.

Pienso. Recuerdo que llegué a Argentina hace más de un año y medio. Recuerdo que Vetusta Morla tocó esa semana pero me enteré tarde.

La paso bien.

Pienso en mi tiempo en Argentina, en todos lo que dejé que me quieren y quiero y en todos los que he conocido y me quieren y quiero.

Llego a mi casa y me siento en mi balcón. Hay chicos jugando al futbol. Pienso que quizás son lindos, quizás no lo son. Creo que eso es algo que deberá esperar.

Entiendo que es lo que me hace grade y entiendo cómo y porqué.

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