Un mes

14 Mar

20160308_144150Hace poco más de un mes que partí de mi querida Buenos Aires para emprender mi viaje. Si lo paro a pensar me digo: ¿Sólo un mes? La sensación es de que hiciera mucho más. Tantas son las cosas que han pasado y tanta la gente que he conocido que me cuesta creer que hace tan poco tiempo.

Miro mis piernas que delatan el paso de los días: bronceadas, llenas de rasguños, moretones y golpes de caminar por aquí y bajar por allá, añadidas a las secuelas del poquito de torpeza de siempre.

Me doy cuenta de que los días se encuadran en una dimensión de tiempo y espacio diferentes. Lo mismo pasa con las relaciones. Personas que conoces de un día, o dos, o tres, pasan a ser compañeros inseparables. En este tipo de encuentros un día se torna una semana, el segundo ya parece que te conozcas desde hace un mes y el tercero de toda una vida. A estos amigos cuesta dejarlos, ya me ha pasado varias veces. Quizás la más sentida, exceptuando la partida de Buenos Aires, fue la despedida con los amigos de San Martín, aunque no fue la única.

En el viaje se dan altibajos emocionales fuertes, forman parte del camino. Todo parece tener más intensidad y más fuerza, tanto lo positivo como lo negativo. Viajar solo no es fácil, hay que estar muy atento e intentar apegarse lo menos posible a los lugares y a las personas, porque sino nunca avanzarías.

Lo que sí te da el viaje es una gran sensación de libertad, es muy sanador: limpia las suciedades que acumula la cotidianidad. Poder caminar por lugares como las montañas de la zona de lo siete lagos o cruzar los Andes para ir de Argentina a Chile, genera una energía que entra dentro de uno para no abandonarlo nunca más.

El viaje de la vida cada uno lo vive como quiere pero yo no podría sentirme más afortunada de haber podido emprender este viaje dentro de mi viaje de vida, y espero que el viaje siga, siempre con la misma intensidad.

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El tren

30 Nov

Me gusta sentarme en el balcón de mi casa y ver los colectivos pasar.

Es una afición que adquirí el verano pasado en el transcurso de mis cenas estivales a la fresca. Desconocía que tal afición pudiera llegar a despertarme interés pero la vuelta del verano me ha remitido a ese pequeño vicio sin aparentes daños colaterales.

Desde allí tengo una nítida y cercana panorámica de la vía del tren que tiene un recorrido paralelo al de mi calle. De hecho, entre mi edificio y la vía del tren sólo existe la separación de mi calle, con su florido boulevard – o aliviador pluvial natural parquizado, según los carteles – seguido de una casa de una planta y la vía. Al tramo de los raíles del tren, lo cruza una calle perpendicular que es por la que transitan los colectivos que me dedico a observar. Son varias líneas que atraviesan el paso a nivel e irrumpen con su pasar mi cotidianidad del balcón.

A veces, mientras los observo, no puedo evitar que en mi cabeza se cruce el pensamiento de que cuando yo los espero en la parada no pasan nunca con tanta frecuencia.

Cada colectivo tiene sus colores y sus luces – me gusta mirarlos de noche, de día y sin luces es aburrido –. Los más festivos son los de la línea 71 en que las combinaciones de su iluminación y decoración interior incitan a la nocturnidad y al desenfreno.

Además de observar los colectivos también me gusta ver los trenes pasar. Mi afición hacia los trenes, que no hacia los colectivos, no se remite solo al balcón. La mayoría de noches bajo una parada de colectivo antes – el tramo de más que camino es casi imperceptible – para cruzar las vías. A menudo llego cuando se están bajando las barreras. Lejos de impacientarme o de pasar corriendo, tenga hambre o sed, espero con calma y disfruto viendo la máquina pasar con toda su fuerza. Sin duda, un espectáculo visual y sonoro digno de ver.

A veces, en esa calma espera también se generan situaciones de acción con un componente de peligrosidad como las de los intrépidos transeúntes cruzando cuando la barrera ya está bajada, la alarma disparada y el sonido del tren lo suficientemente cerca.

Hay un señor que trabaja en una caseta que se encuentra en el paso a nivel, pegada a la vía del tren. Cuando la barrera baja, él sale y afrenta a los que intentan cruzar con señas de prohibición. Después saca una bandera verde que vapulea al viento como el torero azota su capote, pero sin final trágico. Así le muestra al maquinista que tiene vía libre.

A veces también observo las paredes colindantes, lienzo de artistas grafiteros, cabe decir que no demasiado buenos pero que le aportan familiaridad a la llegada, además del mensaje subconsciente de que lo que queda de aquel día no es más que la tranquilidad de la cena y el descanso de la noche.

Las bicicletas, motocicletas y los autos, no me interesan.

La inmensidad de la soledad

3 Jun

No hay mejor regalo que puede hacerse un mismo que un viaje. Para llevarlo a cabo no siempre es necesario viajar ya que hay viajes instrospectivos, viajes espirituales, viajes de amistad, viajes de relaciones… aún así muchas veces el hecho de desplazarse ayuda, y en otras es absolutamente necesario.

He tenido la suerte de viajar al norte durante unos días, por segunda vez en poco tiempo, y considero que en mi caso era imprescindible viajar físicamente para alejarme un poquito de la jungla de asfalto.

Ambos viajes los he hecho sola, aunque han sido bastante escasos los momentos en que mi única compañía era yo misma. La ruta está llena de viajeros que, viajen solos o no, esperan nutrirse de las experiencias ajenas para poder viajar incluso un poquito más adentro de su propio viaje.

En uno de mis momentos de libertad no-premeditada decidí subir a un mirador desde el cual se ofrece una bella panorámica de Purmamarca. En mi anterior viaje ascendí hasta el mismo pero no me aventuré a pasar del primer nivel de visión. Desde allí, con uno de mis compañeros de ruta, comprendimos como las montañas abrazaban el pueblito y lo aislaban entre sus extremidades. Mientras mi mente se maravillaba entendiendo tan magnífico espectáculo, mi “padrineta” se aventuraba en otro viaje: el eterno.

Esta segunda vez subí hasta el mismo mirador. Una parejita de franceses que se alojaban en mi hostel, holgazaneaban al sol. Decidí seguir caminando por un diminuto camino que bordeaba la montaña, acercándome cada vez más a su cima. No era una montaña alta pero la sensación que me producía la cercanía con la montaña de al lado me frenaba un poco. Siempre me impresiona estar cerca de cosas grandes como los transatlánticos, los rascacielos, las presas, las estatuas colosales o las montañas grandes. Ante ellas uno siente una mezcla entre estupor, respeto y complejo de insignificancia. Aún así, seguí el camino, mirándome de reojo la montaña vecina, con desconfianza.

En la cima de mi montaña había un caminito estrecho que la cruzaba. Por los lados la montaña caía destripada por el efecto de la erosión, como si la hubieran tallado con un cincel. Seguí el camino hasta encontrar una zona un poco más amplia donde me pude sentar un rato. Sin duda ese fue uno de los momentazos del año… tal es la añoranza que se vive en una gran ciudad de poder estar solo de verdad.

En las grandes urbes muchas personas se sienten solas pero la soledad real, o al menos la física, es relativa. Hay gente por todos lados, incluso en la propia casa se oyen los vecinos, se escuchan las conversaciones del rellano… Uno nunca puede estar solo de verdad, nunca puede gritar sin ser oído; pero allí, en la magnitud de la inmensidad encontré la grandeza de la soledad y la disfruté, la respiré y me nutrí de su paz.

En la vida hay momentos felices que llegan inesperadamente y que uno retiene en su memoria como joyas sagradas que deben ser conservadas como reliquias. Momentos más felices, donde se toca la cima, donde uno se embriaga con sus propias capacidades y vive hasta sus límites amplificando el alcance de sus sentidos. Ese fue uno de esos momentos y en este caso, he decidido que además de guardarlo en mi memoria, también lo guardaría por escrito.

Lo que te hace grande

14 Nov

Así es un día en el mundo: despiertas, cansada pero contenta. Ayer llegaron tus padres, vinieron a verte, a 14.000 kilómetros de su casa, de la tuya. Te arrastras hasta la ducha. El agua sale fría… bueno, se irá el sueño. Sales despierta, ves tu casa, es hermosa. Piensas que quieres agarrar la puerta para que nadie te la quite. Costó, costó mucho tenerla, pero es tuya. Te vistes, te posicionas en el subte. Es una estrategia que se aprende a base de viajar: si me colocó aquí, entre pierna y pierna del que está sentado corro menos riesgo de avalancha y de sobacos malolientes mañaneros. Me relajo y saco mi libro, escrito en catalán, porque incluso lo propio se olvida y, cada tanto, se tiene que refrescar.

Llego, salgo, camino diez cuadras con mi música: La Pegatina, porque es familia, porque son amigos, porque me alegran mi paseo matutino, porque huele a amigos, porque suena cercano.

Llego al trabajo. Entro en mi oficina y cuelgo las fotos de mis sobrinas, porque son las “nenas”, porque es familia, porque huelen como mi hermana, porque así me siento más cerca de casa.

Tomo mi café de la máquina y mi desayuno a base de pan, queso y frutas que cada mañana empaqueto religiosamente y como en cuanto llego. Trabajo, a ratos me siento distraída. Miro mi oficina. Me agarro a mi mesa. Tampoco quiero que nadie me quite esto, también costó. Mi compañero, por lo general bastante arisco, se acerca para preguntarme cómo fue la llegada de mis padres. Sorprendida, le cuento. Le muestro mis sobrinas, mi pueblo, le cuento todo lo que me trajeron los reyes magos, que a esta altura ya sé que son los padres y vinieron muy cargados. La navidad llegó antes. A la hora del almuerzo todos hablan de las vacaciones. Hace calor, sigo sin acostumbrarme a que en este hemisferio hace calor por navidad. Para mí, estamos en julio pero parece que en el mundo es noviembre.

Mi jefe y mentor en Argentina se deja caer por la oficina. Siempre se alegra tanto de verme. Le regalo un brandy Lepanto, como la batalla, pero esto no es la guerra, es la paz.

Me llaman, mucho. No me gusta lo del teléfono. Las líneas no andan pero si son mis pilares en Argentina los que me llaman, todo es diferente.

Por la tarde, la mujer de la oficina de al lado me molesta, siempre lo hace. Grita demasiado, habla demasiado por teléfono y cuenta demasiado. Hoy la reto: la pared que está entre nosotras es como si no estuviera, le digo. Tantas paredes que siempre nos queremos sacar de encima y esta desearía ponerla. Es orgullosa, me reta, pero se da cuenta de que sé demasiado: con quien habla, con quien no, con quien sale a bailar, qué le cuenta a sus nietos, donde va de vacaciones, todas las pruebas médicas que se tiene que hacer. Al final cede. Sé demasiado.

Voy a mi casa. Metro, de nuevo. Sudores y ciertas amabilidades más un piropo de los “no desagradables”: El vendedor de la boletería me dice que cargar 100 pesos es demasiado porque entonces tardaré muchos días en volver. Sonrío.

Llego a casa. Es hermosa. Huele a mí. Huele a mi familia argentina, huele a mi familia catalana. Huele a paz.

Me ducho…agua fría… voy a ver Vetusta Morla, que siempre me gustaron porque se llaman como la tortuga vieja de la Historia Interminable, Historia sin Fin en Argentina.

Llego al Vorterix, me reúno con Barbie, la llaman como a la muñeca. Bailamos, cantamos: Los días raros, la deriva, sálvese quien pueda. Establezco muchos paralelismo en mi mente.

Pienso. Recuerdo que llegué a Argentina hace más de un año y medio. Recuerdo que Vetusta Morla tocó esa semana pero me enteré tarde.

La paso bien.

Pienso en mi tiempo en Argentina, en todos los que dejé que me quieren y quiero, y en todos los que he conocido y me quieren y quiero.

Llego a mi casa y me siento en mi balcón. Hay chicos jugando al fútbol. Pienso que quizás son lindos, quizás no lo son. Creo que eso es algo que deberá esperar.

Entiendo que es lo que me hace grade y entiendo cómo y porqué.

Los serieadictos

10 Sep

En el mundo hay algunas personas que son diferentes de los demás y lo son porque viven en un mundo paralelo: el de las series. Los serieadictos son una especie muy particular que tiene sus propios códigos e incluso idioma. De hecho, tienen como una especie de ondas telepáticas que les permiten reconocerse entre ellos.

Intentar entrar en una conversación de serieadictos es inútil. Sólo podrás hacerlo  a partir de haberle dedicado unas 500 horas a visualizar capítulos. Entonces, igual te dejan ir a escuchar pero hasta que no hayas llegado a las 1000 derecho a opinar, no tienes.

La cuna de las series es norteamérica y a los serieadictos les encanta conocer a sus nativos. ¡Qué alegría conocer a un autóctono y poder intercambiar experiencias!, se dicen y entonces, es cuando hablan con él o ella y les dice que no le gustan las series; pero, ¡menudo compatriota de mierda!, ¡Qué desilusión!, peor que lo de fin de año, que lo esperas todo el año y luego es un coñazo y si no lo es, tampoco te acuerdas.

En este mundo incluso se hacen fiestas temáticas y los serieadictos se disfrazan de sus personajes favoritos. Así de tristes son sus vidas. En los Estados Unidos, país que nunca ha destacado por su lógica, incluso hay un gran festival donde los serieadictos pueden conocer a sus personajes queridos y hacerse fotos con ellos disfrazados de ellos mismos ¡Qué lio, no! Seguramente, de las pesadillas que tienen estos actores después de tan sonado evento, podrían sacarse argumentos para más series.

Hay que protegerse porque cualquiera puede caer víctima de este mal. Empiezas un día con un capítulo, al siguiente te dices: me miro dos, al tercero ya llamas al curro para decir que no vas, al cuarto anulas la cena con tus amigos y sin darte cuenta, en un mes ya no tienes pareja ni curro ni amigos pero quieres seguir viendo capítulos.

Después vienen los nervios, el comerse las uñas, el qué pasará y entonces pasa algo para lo que nadie está preparado: ¡Se acaba la serie! Llega ese vacío en tu vida: ¿Qué voy a hacer? Te parece que el mundo no tiene sentido. Ya no vale la pena vivir, ya no queda nada y encima la serie se ha acabado como el culo y te han matado al protagonista. ¡Qué horror, qué vida tan dura! Es en este punto tan crítico donde te das cuenta de que sólo te queda una salida: empezar otra serie.

La moda

3 Sep

La moda es una de esas cosas fruto de la evolución tan difíciles de comprender. Se supone que el ser humano evoluciona, se racionaliza, avanza. Hay ciencia, descubrimientos, progresos, se va a luna y luego, se va a la moda.

Cada época ha tenido su moda, con sus figuras destacadas y sus elementos particulares, extravagantes y llamativos pero creo que un gran porcentaje de la población mundial está de acuerdo en que lo de los ochentas no debe repetirse, ¡jamás!

Una de las décadas más exprimidas, que tuvo su resurgimiento con los jóvenes de los noventa, es la de los sesentas. Uno de sus complementos más explotados son las gafapastas, grandes y no precisamente discretas. En Barcelona, si no llevas gafapastas no eres nadie. ¡Y que problemón para los que tienen bien la vista! Y digo yo, que tenemos claro que son un tipo de gafas que no favorecen a todo el mundo. Por supuesto, si no van combinadas con un despeinado peinado, tampoco valen. Los chicos de Madrid, apuestan claramente por la chaqueta verde botella. Claro, luego a la hora de irse a casa, no veas que enredo para encontrar la tuya, como si en Barcelona va, y se le caen las gafas a varios a la vez. En el País Vasco, las chicas se cortan el pelo, todas, en la misma peluquería: con flequillo bien corto (tipo corte hacha) y patillas largas. A conjunto llevan los aros con relieves celtas; que yo creo que se los ponen ya en la peluquería. Las francesas… pasan de todo, si total, ni se depilan. En Reino Unido quien se pone la ropa más fea y incombinable encima, ¡gana! (Se puede decir que ahí, todavía viven los ochentas). En Italia, si no es de marca, no se lo ponen. En Buenos Aires, para ser una mujer como dios manda, se tiene que ir con calzas (leggins) y tener el pelo largo hasta el culo, como mínimo. A poder ser con variación de tonos de los diferentes teñidos.

Y no termina ahí la moda. Su extensión es tan amplia que afecta a casi todo: ropa, pelo, muebles, plantas, animales de compañía… incluso a la arquitectura. Épocas como el clasicismo, el barroco, el modernismo y la de ahora: el “haz los bloques de pisos más feos que puedas”, y los arquitectos modernos, que todos quieren hacer edificios con forma de falos y bueno, cabe decir que aunque nos vistamos de los sesentas, setentas, ochentas, noventas o todo combinado, desnudos seguiremos siendo iguales y es que el sexo, por suerte, no pasa de moda.

 

 

El transporte público

29 Ago

La ciudades grandes tienen trenes, tranvías, autobuses y metros que son usados diariamente por millones de personas. Son transportes que permiten a los ciudadanos vivir lejos de sus trabajos, ya sea por causas económicas, sociales o por gusto. Viajar en transporte público tiene sus pros y sus contras pero hay algo que cabe destacar: la hora punta. Cuando se abren esas puertas del metro y la gente se pega por entrar, como si dieran lingotes de oro; y es que aún cuando no cabe más gente, los que están dispuestos a entrar, entran. Luego uno se encuentra allá dentro, donde el clima es siempre tropical, aunque sea invierno. Y en verano… ¡oh verano! …cuando todas esas pieles húmedas mezclan sus sudores entre sí en el contacto de la estrechez de los vagones. Lo bueno es que cuando hay tanta gente, si te desmayas por el calor, no te caes. La multitud te mantiene en pie. ¡Y los pobres bajos!, que siempre les tocan los sobacos sudorosos en la cara, por no hablar de cuando los usan de apoya periódicos. ¡Qué experiencia la del metro!

Sin duda, el transporte público es uno de los grandes males del mundo, sobretodo para los habitantes de las capitales más grandes. Muchos de estos, además, viven donde no para el metro. ¡Entonces tienen que ir en autobús! ¡Algunos incluso tienen que ir en metro y autobús, los pobres desgraciados! Un requisito indispensable para ir en autobús es tener brazos de gimnasio, sobretodo en las curvas, ya que la fuerza motriz suele agarrar a los viajeros bien desprevenidos. Hay diferentes modelos de autobuses pero, por ejemplo en Buenos Aires, los pasajeros que sufren las situaciones más límite son los de los asientos traseros, por mucho brazo musculado que tengan nadie puede evitar que salgan despedidos hacia delante. O sea que tomad nota, la gente que se sienta allá, es la que realmente tiene agallas. En Londres, los intrépidos son los que se suben al piso de arriba, arriesgando vidas para tener una buena vista. Cabe mencionar a las abuelas, que siempre se quejan de los jóvenes por no cederles el asiento y el día que se lo ceden se cagan en ellos por llamarlas viejas. Ellas son la voz de la experiencia y han desarrollado unas técnicas a lo largo de los años, con las cuales su destreza para desenvolverse en el proceso del viaje en autobús seria comparable a la de los de las chaquetas góticas de Matrix esquivando balas. Y ya finalizando y volviendo a Buenos Aires,  creo que seria todo un detalle por parte del gobierno avisar a los turistas del curso de paracaidismo que debe tomarse para bajar del autobús. A los extranjeros, es un tema que siempre nos pilla desprevenidos.

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