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Son ochenta días son.

30 Abr

Son ochenta días son y no he dado la vuelta al mundo pero me he paseado bien paseada por tres hermosos países.

Viajar sola, al menos por tanto tiempo, está siendo una experiencia novedosa y aunque no siempre es fácil, me está resultando muy gratificante.

Viajar de mochila y hostel es cansado. Yo, que siento el pesar de hacer y deshacer mi vida en períodos que suelen abarcar los tres años, tengo la sensación de que ahora estoy haciendo lo mismo pero con una frecuencia casi diaria: hago y deshago.

Por otro lado, viajar solo implica estar con uno mismo durante mucho tiempo, cosa a la que estoy más que acostumbrada y que hasta cierto punto me agrada con desmesura, pero al no existir la limitación de tiempo-espacio ni tener que estar en un lugar en particular, ni cumplir ni dar cuentas de nada a nadie provoca que la relación con uno mismo se torne mucho mas distendida y, como consecuencia, se tome mucha conciencia de uno y la pase muy bien consigo mismo. Yo y yo misma charlamos, respiramos, paseamos, nos relajamos y disfrutamos, disfrutamos mucho. No esperamos ni exigimos nada la una de la otra, sólo somos.

Viajando, uno encuentra mucha gente y aprende mucho de ella. Están los que sirven de mal ejemplo, los que te divierten e incluso alguno que admirar pero todos ellos, por mucho que gusten o no gusten, son pasajeros. Espero volver a ver a algunos de ellos y otros espero no tener que cruzármelos más pero sea como sea cada uno de ellos le aportó algo a mi viaje que, al fin y al cabo, hago sola.

Al viajar de esta manera uno se acaba conociendo muchísimo. A pesar de que no es un viaje “cómodo”,  el resultado de ir viendo lo que uno hace, donde uno llega y lo que uno consigue llena el espíritu y supongo que también complace al “ego”, que cada vez esta más tranquilo y muchos días ya ni tiene ganas de salir.

Así que ochenta días son y aunque ochenta más no me quedan, voy a tratar de disfrutar de la mejor manera los restantes de esta maravillosa experiencia.

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“Cholitas”

19 Abr

Desde que me adentré en territorio boliviano que no he dejado de sentirme maravillada por la riqueza de sus paisajes y sus gentes. De las bellezas naturales que vi en el Parque Nacional Eduardo Avaroa pasé a contemplar el amanecer en la magnitud del Salar de Uyuni, y de ahí fui a Potosí.

Potosí es la ciudad más alta del mundo. Se encuentra ubicada en las faldas del Cerro Rico. Es una ciudad empinada y sinuosa con una vida callejera muy plena y un bullicio constante de gente mezclada con olores de frutas, verduras, empanadas y carnes asadas. Desde mi apreciación se podría decir que la población en Potosí es 100% autóctona, es decir, indígena. Los pocos que “cantábamos como una almeja” éramos turistas y, para mi suerte, en Potosí no había muchos, o al menos no se veían muchos.

Durante mis días en Bolivia he oído decir varias cosas a nacionales y sobretodo a extranjeros sobre las “cholitas”, que se podrían definir como las señoras tradicionales bolivianas (yo por mi parte, las llamo “las señoras de las trenzas” por la extensa cabellera trenzada que lucen todas ellas), aunque el nombre también se extiende a los varones indígenas. Entre los adjetivos me han llegado: cabezotas, maleducados, antipáticos, rudos, lentos…

Es cierto que la rapidez no es uno de los fuertes de la mayoría de la población boliviana pero si uno se para a pensarlo: ¿No sería mejor para todos vivir con menos prisas y ansiedades? Además soy de las que piensa que cuando se va a un país uno tiene que adaptarse al país, no puede esperar que el país se adapte a uno.

En lo que a las señoras “cholitas” se refiere, y basándome en mi propia experiencia, creo que más que antipáticas son tímidas. A su vez deben experimentar cierto rechazo cuando los turistas les sacan fotos como si fueran “monitos”. También cabe decir que a la hora de vender se cargan las timideces a la espalda y disparan proyectiles de mercancías a destajo.

Como son gente que a mi me inspiran confianza me acerqué a hablar con unas cuantas, a excepción de una que me giró la cara con las demás conversé animadamente. Se dan un par o tres de frases “para ver qué onda” y después no hay quien las detenga. Una de ellas incluso me acompaño hasta la plaza en Sucre porque yo andaba bien perdida. Lo de que anduviera viajando sola por el mundo no lo acabó de entender, pero quien la puede culpar.

Con los hombres no he interactuado tanto pero en Potosí, estando yo charlando con un francés y un polaco, se acercó un señor bastante ebrio. Para nuestra pena y sorpresa nos soltó la descabellada frase de “que suerte tienen ustedes de ser tan lindos, no como nosotros”, haciendo hincapié en la lindura del polaco rubio de ojos celestes (que el tipo era un amor, pero a mi parecer tenía cara del malo de las pelis de James Bond). Nos quedamos perplejos ante tal comentario.

Después fuimos a tomar unas cervezas y en la televisión daban un programa tipo “Operación Triunfo”. Puesto que presentadores, concursantes e incluso público eran más blancos que el azúcar refinado dedujimos que debía ser un programa de Colombia u otro país cercano pero preguntamos y no, ¡era el boliviano! No dábamos crédito porque no representaba en absoluto a la mayoría de ciudadanos bolivianos. Los comerciales que cortaron el show más de lo mismo: blancos, rubios, altos… dejando patente que impera el modelo occidental blanco e ignorando el magnético poder de la belleza de su población, con sus aguerridos cuerpos adaptados a todo tipo de inclemencias climáticas (donde los otros enfermamos), sus largas y fuertes cabelleras (entre los autóctonos la alopecia no es un problema) y sus rostros agudos y sabios.

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Santiago y la montaña

16 Mar

Santiago es una ciudad que vive a los pies de la cordillera. La urbe empieza en la falda de la montaña y se estira a largo y ancho de la ladera con la misma geografía de una tabla de planchar.

Es una ciudad atípica a mi parecer ya que  fruto de la experiencia y modesto conocimiento que tengo sobre las ciudades del mundo, por lo general la vista alcanza a ver ciudad, edificios y más ciudad y aquí se ve ciudad, edificios, cerro y cordillera.

Con lo de “se ve” estoy siendo generosa ya que Santiago tiene la particularidad de que la monstruosa cordillera – monstruosa por grande, no por fea – aparece cuando se le canta. A pesar de sus majestuosas dimensiones, la montaña se muestra y desaparece al mirón tal y como ella lo desea. Juega al escondite tomándole el pelo al visitante y al habitante.

Por la noche deja de existir mientras que a la mañana muestra su silueta insinuándose con sutileza para atraer, sin tener que exhibirse demasiado. Al atardecer, si se siente juguetona, enseña un poco más de sus curvas, y si tiene el día libidinoso se muestra descarada y se abre ante Santiago, sin tapujos.

Sea como sea, ella siempre deja bien claro que es una mujer digna de admirar.

Un mes

14 Mar

20160308_144150Hace poco más de un mes que partí de mi querida Buenos Aires para emprender mi viaje. Si lo paro a pensar me digo: ¿Sólo un mes? La sensación es de que hiciera mucho más. Tantas son las cosas que han pasado y tanta la gente que he conocido que me cuesta creer que hace tan poco tiempo.

Miro mis piernas que delatan el paso de los días: bronceadas, llenas de rasguños, moretones y golpes de caminar por aquí y bajar por allá, añadidas a las secuelas del poquito de torpeza de siempre.

Me doy cuenta de que los días se encuadran en una dimensión de tiempo y espacio diferentes. Lo mismo pasa con las relaciones. Personas que conoces de un día, o dos, o tres, pasan a ser compañeros inseparables. En este tipo de encuentros un día se torna una semana, el segundo ya parece que te conozcas desde hace un mes y el tercero de toda una vida. A estos amigos cuesta dejarlos, ya me ha pasado varias veces. Quizás la más sentida, exceptuando la partida de Buenos Aires, fue la despedida con los amigos de San Martín, aunque no fue la única.

En el viaje se dan altibajos emocionales fuertes, forman parte del camino. Todo parece tener más intensidad y más fuerza, tanto lo positivo como lo negativo. Viajar solo no es fácil, hay que estar muy atento e intentar apegarse lo menos posible a los lugares y a las personas, porque sino nunca avanzarías.

Lo que sí te da el viaje es una gran sensación de libertad, es muy sanador: limpia las suciedades que acumula la cotidianidad. Poder caminar por lugares como las montañas de la zona de lo siete lagos o cruzar los Andes para ir de Argentina a Chile, genera una energía que entra dentro de uno para no abandonarlo nunca más.

El viaje de la vida cada uno lo vive como quiere pero yo no podría sentirme más afortunada de haber podido emprender este viaje dentro de mi viaje de vida, y espero que el viaje siga, siempre con la misma intensidad.

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